¿Cuál es tu verdadero «negocio»? Pastores bivocacionales
¿Cuál es tu verdadero «negocio»? Pastores bivocacionales

Guillermo Carey era un humilde zapatero remendón antes de convertirse en uno de los misioneros más influyentes de la historia de la Iglesia. No era un hombre de grandes recursos ni de formación académica privilegiada, pero era algo mucho más importante: era un creyente regenerado, llamado por la gracia soberana de Dios, que conocía La Gran Comisión y la sentía arder en su pecho con una convicción que no podía silenciar.

Su interés misionero no nació de un impulso emocional pasajero, sino de una profunda comprensión teológica: si Dios es soberano sobre todas las naciones, si Cristo es Señor de señores, entonces el evangelio debe llegar hasta los confines de la tierra. Por eso, enfrente de su banco de trabajo colocó un mapa del mundo —ese mapa famoso que contemplaba con ojos húmedos—, señalando los territorios donde aún no habían resonado las Buenas Nuevas de Salvación. Cada par de zapatos que remendaba era también una oración silenciosa por aquellas almas.

Tras un tiempo de profunda comunión con Dios, de búsqueda en las Escrituras y de lucha interior, Carey comprendió con claridad reformada que la soberanía de Dios no anula los medios, sino que los ordena. Dios había decretado salvar a un pueblo en la India, y lo haría a través de un instrumento débil: un zapatero de Northamptonshire. Así que fue. Y al llegar, siguió componiendo zapatos para sostenerse económicamente y predicar libremente el evangelio. Con aquella convicción que tanto caracterizó su vida, solía decir:

«Mi negocio es servir a Dios; y compongo zapatos para pagar los gastos que se originan en ese negocio.»

Esta frase no es una curiosidad histórica. Es una declaración teológica. Carey entendía que no existe división entre lo «sagrado» y lo «secular» para el creyente verdadero. Todo trabajo hecho para la gloria de Dios es ministerio. Cada clavo que martillaba era un acto de adoración al Creador que lo había redimido y enviado.

El obrero que trabaja con dos manos

Muchos obreros, misioneros y pastores en todo el mundo —y especialmente en nuestra América Latina— se encuentran hoy en la misma situación que Carey: realizan una labor espiritual inmensa, pero deben trabajar en tareas seculares para sostener a sus familias (de allí el término «bivocacional»), pues no cuentan con apoyo económico externo de ningún tipo o este es parcial. Predican el domingo y trabajan de lunes a sábado. Visitan enfermos de noche y madrugan para llegar al trabajo. Llevan la carga del rebaño sobre sus hombros y también la carga del sustento sobre sus espaldas.

Y en medio de ese agotamiento, más de una vez ha cruzado por nuestra mente este pensamiento doloroso: «¡Qué desperdicio de tiempo! ¡Oh, si pudiera dedicar estas horas al Señor!»

Pero querido hermano, que esto no te pese en el corazón. Ese pensamiento, aunque nace de un deseo legítimo, parte de una premisa equivocada: que el tiempo entregado al trabajo secular es tiempo robado a Dios. La doctrina reformada nos enseña otra cosa. Nos enseña la santificación del trabajo ordinario, que toda vocación —incluso la más humilde— puede y debe ser ejercida coram Deo, delante de Dios, para Su gloria.

Lutero lo dijo antes que nadie con palabras que siguen resonando: el zapatero que hace bien los zapatos sirve a Dios tanto como el predicador que sube al púlpito. No porque ambos hagan lo mismo, sino porque ambos, en su esfera, actúan como mayordomos de los dones que Dios les ha confiado.

El ejemplo apostólico

No nos olvidemos tampoco del apóstol Pablo, quien llevó a cabo la tarea misionera más extraordinaria registrada en las Escrituras, y sin embargo pudo decir con plena serenidad ante los ancianos de Éfeso:

«Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario, y a los que están conmigo, estas manos me han servido.» (Hechos 20:34)

Pablo era tejedor de tiendas. Lo mismo que Carey era zapatero. Y ambos comprendieron algo que la Iglesia moderna a veces olvida: que Dios no llama a Sus siervos a una espiritualidad etérea, desconectada de las realidades cotidianas, sino a una fe encarnada que santifica cada aspecto de la vida. El apóstol que escribió Romanos también cosió lonas bajo el sol de Corinto. Y no lo vivió como una humillación, sino como una expresión de su integridad y su libertad en Cristo.

La doctrina de la gracia nos recuerda que somos completamente dependientes de Dios —en el trabajo, en el ministerio, en el descanso— y que nada de lo que hacemos escapa a Su providencia soberana. El Señor que ordenó que Pablo predicara en Asia también ordenó que trabajara con sus manos para no ser carga a nadie. Los dos mandatos vinieron del mismo trono.

Remendar zapatos y predicar el evangelio

Quizás hoy tengamos que «remendar varios zapatos» —metáfora de todo aquello que nos ocupa fuera del púlpito y de la reunión— y luego ir a predicar, visitar a un enfermo, consolar a una familia en duelo, atender a nuestros hijos, servir a nuestra esposa, dar de comer a los pobres. La vida del siervo de Dios no es glamorosa. Muchas veces es silenciosa, extenuante y aparentemente insignificante. Pero Dios ve en lo secreto, y recompensa en lo secreto.

Si la vida nos desgasta exteriormente —y lo hará, porque esta carne es frágil y los días son duros—, el Señor nos renueva interiormente cada día. No por nuestros méritos ni por nuestra resistencia, sino por la gracia inagotable que brota de la cruz de Cristo y que el Espíritu derrama en nuestros corazones.

El apóstol lo afirmó con la voz del hombre que había sido apedreado, encarcelado y naufragado:

«Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior empero se renueva de día en día.» (2 Corintios 4:16)

No hay trabajo pequeño cuando se hace para un Dios grande. No hay día perdido cuando se vive bajo la soberanía de Aquel que ordena todos los pasos del justo. Carey lo entendió. Pablo lo vivió. Y nosotros, por la gracia de Dios, podemos imitarlos.

Alejandro Riff