«Mas a Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo.» (1 Corintios 15:57)
«Porque todo aquello que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe.» (1 Juan 5:4)
Hubo épocas en la historia donde confesar a Cristo no era una decisión popular, sino un decreto de muerte. Los anales de la Roma antigua nos cuentan sobre Marcelo, un soldado del imperio que, por la gracia soberana de Dios, fue transformado de un servidor del César en un mártir del Rey de reyes.
Marcelo no ofreció resistencia. No fue su propia fuerza de voluntad la que lo sostuvo mientras era conducido a la pira en el Coliseo; fue el poder preservador de Aquel que lo había llamado de las tinieblas a Su luz admirable. Mientras las cadenas lo sujetaban, sus labios no pronunciaban quejas, sino las palabras que el Espíritu Santo sella en los elegidos: «Estoy listo para ser ofrecido… me está guardada la corona de justicia».
Al encenderse la antorcha, el fuego devorador se convirtió en el carruaje que lo llevaría a la gloria. En medio del dolor inefable, Marcelo permanecía erguido. No estaba allí por un simple entusiasmo humano, sino porque estaba asido de su Salvador. El brazo eterno de Dios, que lo había alcanzado antes de la fundación del mundo, lo sostenía ahora en su hora final.
En su último suspiro, no hubo un ruego de desesperación, sino un grito de triunfo: «¡VICTORIA!». Marcelo no «ganó» su salvación en ese momento; él simplemente manifestó la victoria que Cristo ya había ganado para él en la Cruz y que el Espíritu Santo había aplicado en su alma.
¿Qué fuerza los sostenía?
Muchos se preguntan qué impulsaba a estos hombres y mujeres. La respuesta reformada es clara: No fue que ellos decidieron aceptar a Dios, sino que Dios decidió, en Su amor eterno, regenerarlos.
Ellos vencieron al mundo porque habían nacido de Dios. La Escritura es enfática: el hombre natural no puede entender las cosas del Espíritu (1 Cor. 2:14). Por lo tanto, para que estos mártires pudieran creer, Dios tuvo que quitarles primero el corazón de piedra y darles uno de carne. Su fe no fue la causa de su nuevo nacimiento, sino el fruto bendito de que Dios ya les había dado vida.
Un mensaje que atraviesa la historia
Tú que lees estas líneas, quizás has escuchado el Evangelio muchas veces y has permanecido indiferente. Debes saber que esa indiferencia no es falta de información, sino la condición natural de un corazón que aún no ha sido vivificado por el Espíritu.
El mensaje de los mártires llega a ti no como una oferta que tú controlas, sino como un llamado soberano. El precio de la redención de la iglesia fue la sangre preciosa del Cordero, Jesucristo, quien en la cruz clamó: «¡CONSUMADO ES!». La obra de salvación está completa; Cristo no dejó «flecos sueltos» esperando a ver si el hombre desea colaborar con Él. Él resucitó y hoy reina como Señor sobre los muertos y sobre los que viven.
La respuesta que solo Dios produce
Estimado lector: El Dios que llamó a Marcelo de entre las filas del ejército romano es el mismo que hoy expone Su Palabra ante ti. No se trata de «abrir tu corazón» por tus propias fuerzas —pues nadie puede hacer tal cosa por sí mismo— sino de reconocer tu total incapacidad y clamar por Su misericordia.
Si hoy sientes en tu alma un dolor por tu pecado y un deseo ardiente de abrazar a Cristo, regocíjate: esa es la evidencia de que Dios está operando en ti. Esa fe que comienza a brotar es el signo de que el Espíritu Santo está dándote vida.
No esperes a «perfeccionarte» para venir a Él. Si Dios te está llamando, si Él ha quitado el velo de tus ojos, ríndete ante Su soberanía. Cree en el Señor Jesucristo, sabiendo que Su victoria es ahora tu victoria. Entonces podrás decir, no por tus méritos, sino por Su gracia irresistible: ¡VICTORIA!
Que la gracia soberana de Cristo triunfe sobre tu vida. Amén.
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